lunes, 1 de octubre de 2012

12 PERROS/CAPÍTULO 1: Nosotros la manada (IV)


S

e escapaba. Era de noche y las estrellas no ayudaban: Hoy estaban apagadas. Ni si quiera la Luna llena servía de mucho, sólo los postes de luz que había cerca. Todo dependería de ellos. Kiwi ladraba desesperadamente, mientras Toffee buscaba alguna pista mediante su olfato, siempre alerta de sus dos protegidas, quienes estaban supervisando la caza. De vez en cuando una señora de avanzada edad venía al lugar con su escoba en mano. Intercambiaba algunas palabras con las niñas y luego se retiraba. Manchita se arriesgaba buscando entre los arbustos para encontrarse cuerpo a cuerpo con el enemigo. Las niñas también buscaban, pero con más cuidado.

Un chillido: ¡La encontraron!

-¡Rata!-señaló una de ellas a esa bola de pelos del tamaño de un zapato, corriendo despavorido. Toffee ladró y fue tras ella. Los otros dos la siguieron. Cuando parecía que el roedor iba a salvarse, no se percató que adelante suyo le esperaba una rubia can, mostrando sus dientes filosos. Su vida acabaría…ahora. Se mezclaron irreversiblemente gritos de la rata con los ladridos de los perros. Las niñas, pensando más bien en enterrarla, no contaban que Toffee pensaba hacerlo, sí, pero los restos que dejaría: Estaba comiéndosela. Ellas y los otros la perseguían. Manchita logró alcanzarla, forcejeando entre los dos el cuerpo ya amorfo de la rata, lograron que su panza se abriese y se derramasen sus tripas en el pasto. Rápidamente un olor fétido inundó el lugar y las niñas, asqueadas por la escena y el horrible aroma, tuvieron que alejarse. Arriba en la tercera planta, apoyadas en un cerco blanco, miraban cómo los gallinazos se tragaban deleitosamente lo que quedaba del cadáver. Pero eso sí, no podían comer tranquilamente, ya que Kiwi, apenas las veía felices, corría hacia ellas y, esto hacía que ellas volviesen al cielo, merodeando el lugar horas y horas.

Ya ellas aburridas, se miraron una a la otra y sonrieron: Tan solo verse bastó para ser felices. Corrieron en el campo abierto y sin miedo a lo que luego sus madres le dijesen, se quitaron las zapatillas. No hay descripción de la frescura y libertad que ellas sentían al hacerlo. No tenían miedo de pisar alguna araña o algo filoso, aun cuando antes ya lo habían pisado, pareciese que ese finito dolor valiese la pena por esa sonrisa permanente que ellas mostraban mientras se correteaban. Como si el viento que jugaba con sus largos cabellos, esos volantines que hacían y esas risas que soltaban al mundo eran incomparables con las lagrimitas que soltaban cuando algo penetraba en sus vulnerables piecitos.  A veces se echaban en el pasto y se miraban, pensando que todo esto nunca acabaría, creyendo que todo el mundo vivía como ellas…Confiando que sus hijos se divertirían en este mágico lugar que era para ellas. Ya habían decidido vivir juntas y nunca separarse; muchas veces pensaban en su club y en lo agradable que era sentir la vida en esta forma. Ya lo superficial no importaba, no había ropa de calle, pijama, ropa de gala, ropa de noche, ropa formal, nada; sólo eran telas que te cubrían. Estaban seguras que todo lo que decían del mundo eran solo mentiras: ¿Qué el mundo es malo? ¡No es cierto! ¿Qué la ciudad es racista, corrupta, mentirosa? Son solo pensamientos, nada concreto. Ellas siempre veían a la gente buena, incapaz de hacer maldades (¿Por qué las harían? Se preguntaban), confianza plena…nada de inseguridades… Amor entre todos, sin diferencia o exclusión alguna.

¡Qué hermosa era la vida allí! ¡Cuánta gente le hubiera gustado conocer una vida así! Y, cuántas personas desearían tener esos pensamientos tan ingenuos sobre el mundo. Demasiado bueno para durar a largo tiempo…Sin miedo a nada…dispuestas a todo lo que se propusiesen…

Se aburrían yendo a Chosica; ¿para qué si ellas viven como en Chosica? Es más, preferían su casa que esos clubes campestres, siempre llenas de gente. Subían al árbol hasta lo más alto que se pudiese, siempre riendo y ayudándose. A veces lo hacían para alcanzar algún fruto, como la maracuyá, dulce y ácida…pero tenía algo que las del mercado no: Sabor a casa. Les encantaba consumir las cañas de azúcar que tenían o las uvas italianas. Tuvieron diferentes compañías además de perros: Gato, iguana, loros, mona, alpacas, caballos, carneritos, cuyes, conejos, gallina y gallo, patos, hamsters y hasta gusanos, cerdos de tierra, mariquitas y ciertas mariposas.

Pero siempre predominaban los perros. O por lo menos en ellas. Eran como hermanos, como de la familia, seres que si bien, no eran humanos, tenían los mismos derechos que ellas. Y no quiere decir que por eso eran vestidos, mimados como cosas u otro estilo. No…No eran vestidos, no eran mimados pensando que son seres que no razonan o sienten…Pero sí eran amados y libres. Si querían, podían escapar. Pero no lo hacían… esperaban hasta alta horas de la noche a las personas con las que convivían y los regañaban ladrándoles, pero siempre moviendo la cola de felicidad: ¡Regresaron sanos y a salvo! A veces una de las niñas discutía con alguno de los perros, pero uno de ellos terminaba cediendo… Podían cometer errores, pero se daban cuenta, se disculpaban y no lo volvían hacer. Aunque claro, eso es en algunos perros, ya que, como toda persona-perro, puede equivocarse en lo mismo –cosa que no debería-.
SUE (SÉPTIMA ENTRADA)

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