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e escapaba. Era de noche y las estrellas no ayudaban: Hoy
estaban apagadas. Ni si quiera la Luna llena servía de mucho, sólo los postes
de luz que había cerca. Todo dependería de ellos. Kiwi ladraba desesperadamente,
mientras Toffee buscaba alguna pista mediante su olfato, siempre alerta de sus
dos protegidas, quienes estaban supervisando la caza. De vez en cuando una
señora de avanzada edad venía al lugar con su escoba en mano. Intercambiaba
algunas palabras con las niñas y luego se retiraba. Manchita se arriesgaba buscando
entre los arbustos para encontrarse cuerpo a cuerpo con el enemigo. Las niñas
también buscaban, pero con más cuidado.
Un chillido: ¡La encontraron!
-¡Rata!-señaló una de ellas a esa bola de pelos del tamaño
de un zapato, corriendo despavorido. Toffee ladró y fue tras ella. Los otros
dos la siguieron. Cuando parecía que el roedor iba a salvarse, no se percató
que adelante suyo le esperaba una rubia can, mostrando sus dientes filosos. Su
vida acabaría…ahora. Se mezclaron irreversiblemente gritos de la rata con los
ladridos de los perros. Las niñas, pensando más bien en enterrarla, no contaban
que Toffee pensaba hacerlo, sí, pero los restos que dejaría: Estaba comiéndosela.
Ellas y los otros la perseguían. Manchita logró alcanzarla, forcejeando entre
los dos el cuerpo ya amorfo de la rata, lograron que su panza se abriese y se
derramasen sus tripas en el pasto. Rápidamente un olor fétido inundó el lugar y
las niñas, asqueadas por la escena y el horrible aroma, tuvieron que alejarse. Arriba
en la tercera planta, apoyadas en un cerco blanco, miraban cómo los gallinazos
se tragaban deleitosamente lo que quedaba del cadáver. Pero eso sí, no podían
comer tranquilamente, ya que Kiwi, apenas las veía felices, corría hacia ellas
y, esto hacía que ellas volviesen al cielo, merodeando el lugar horas y horas.
Ya ellas aburridas, se miraron una a la otra y sonrieron:
Tan solo verse bastó para ser felices. Corrieron en el campo abierto y sin
miedo a lo que luego sus madres le dijesen, se quitaron las zapatillas. No hay
descripción de la frescura y libertad que ellas sentían al hacerlo. No tenían
miedo de pisar alguna araña o algo filoso, aun cuando antes ya lo habían
pisado, pareciese que ese finito dolor valiese la pena por esa sonrisa
permanente que ellas mostraban mientras se correteaban. Como si el viento que
jugaba con sus largos cabellos, esos volantines que hacían y esas risas que
soltaban al mundo eran incomparables con las lagrimitas que soltaban cuando
algo penetraba en sus vulnerables piecitos. A veces se echaban en el pasto y se miraban,
pensando que todo esto nunca acabaría, creyendo que todo el mundo vivía como
ellas…Confiando que sus hijos se divertirían en este mágico lugar que era para ellas.
Ya habían decidido vivir juntas y nunca separarse; muchas veces pensaban en su
club y en lo agradable que era sentir la vida en esta forma. Ya lo superficial
no importaba, no había ropa de calle, pijama, ropa de gala, ropa de noche, ropa
formal, nada; sólo eran telas que te cubrían. Estaban seguras que todo lo que
decían del mundo eran solo mentiras: ¿Qué el mundo es malo? ¡No es cierto! ¿Qué
la ciudad es racista, corrupta, mentirosa? Son solo pensamientos, nada
concreto. Ellas siempre veían a la gente buena, incapaz de hacer maldades (¿Por
qué las harían? Se preguntaban), confianza plena…nada de inseguridades… Amor
entre todos, sin diferencia o exclusión alguna.
¡Qué hermosa era la vida allí! ¡Cuánta gente le hubiera
gustado conocer una vida así! Y, cuántas personas desearían tener esos
pensamientos tan ingenuos sobre el mundo. Demasiado bueno para durar a largo
tiempo…Sin miedo a nada…dispuestas a todo lo que se propusiesen…
Se aburrían yendo a Chosica; ¿para qué si ellas viven como
en Chosica? Es más, preferían su casa que esos clubes campestres, siempre
llenas de gente. Subían al árbol hasta lo más alto que se pudiese, siempre
riendo y ayudándose. A veces lo hacían para alcanzar algún fruto, como la
maracuyá, dulce y ácida…pero tenía algo que las del mercado no: Sabor a casa. Les
encantaba consumir las cañas de azúcar que tenían o las uvas italianas. Tuvieron
diferentes compañías además de perros: Gato, iguana, loros, mona, alpacas, caballos,
carneritos, cuyes, conejos, gallina y gallo, patos, hamsters y hasta gusanos, cerdos
de tierra, mariquitas y ciertas mariposas.
Pero siempre predominaban los perros. O por lo menos en
ellas. Eran como hermanos, como de la familia, seres que si bien, no eran
humanos, tenían los mismos derechos que ellas. Y no quiere decir que por eso
eran vestidos, mimados como cosas u otro estilo. No…No eran vestidos, no eran
mimados pensando que son seres que no razonan o sienten…Pero sí eran amados y
libres. Si querían, podían escapar. Pero no lo hacían… esperaban hasta alta
horas de la noche a las personas con las que convivían y los regañaban ladrándoles,
pero siempre moviendo la cola de felicidad: ¡Regresaron sanos y a salvo! A
veces una de las niñas discutía con alguno de los perros, pero uno de ellos
terminaba cediendo… Podían cometer errores, pero se daban cuenta, se
disculpaban y no lo volvían hacer. Aunque claro, eso es en algunos perros, ya
que, como toda persona-perro, puede equivocarse en lo mismo –cosa que no debería-.
SUE (SÉPTIMA ENTRADA)
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