lunes, 1 de octubre de 2012

12 PERROS/CAPÍTULO 1: Nosotros la manada (III)

SEXTA ENTRADA:
-¿

A dónde te diriges?-Pregunté. Toffee estaba emocionada; supongo yo que olfateó algo interesante. De pronto, empieza a ladrar locamente.

-Toffee-Insistí-¿Qué sucede?-Me siguió ignorando. Shiro tampoco la entendía. Pueden ser tantas cosas…Pero no quiero pensar mucho ahora, debo de guardar energías ya que nos quedan pocas raciones hasta que ellos vengan y traigan las bolsas.

-¡Fuera!-Levanto mis orejas: ¿Fue un humano? Mando a Shiro. Al cabo de unos minutos viene excitado, con la lengua hacia afuera. Se echó a mi costado, respirando rápidamente.

-Toffee está defendiendo el territorio-Me dijo-El humano ha cogido piedras como defensa-Lo cotidiano. No entiendo cómo lo puedo olvidar cuando todos los días sucede casi lo mismo, la diferencia es la cantidad de personas y la defensa, que a veces en vez de piedras usan los trozos de papel enrollado. Esos sí les tengo miedo.

Toffee corre hacia nosotros.

-Eso le enseñará a no caminar por estos lugares-Ladró feliz.

-Pequeña, es la única vía que esos humanos tienen para poder ingresar a sus casas-Le dije pacientemente. Shiro decidió revolcarse en la arena.

-¡Pues ya encontrarán otra forma! ¡Pero por aquí no!-gruñó para luego sentarse, un poco fastidiada. Yo sabía lo que le pasaba a Toffee: Ella los aborrecía. No es que a ella no le agraden los humanos, por supuesto que no, sino ESOS humanos. Si bien aceptaba sin objeción la decisión de nuestros humanos, echaba toda la culpa a los otros que habitaban el Paraíso. Conocía perfectamente sus horarios. Yo en cambio…ni siquiera sé quiénes son. Shiro, cuando le pican sus muelas, acompaña a Toffee en la rutina. Se reparten entre ellos a los humanos, pues a los dos les fascina morder los pantalones. Pero ninguno los hería. Tampoco fueron educados para infligir daño.

¿Cómo sería eso posible si sus seres más queridos nunca levantaron mano alguna sobre ellos? Definitivamente era una decisión que Toffee y Shiro tomaron. Incluso ahora, con éste humano que vive con nosotros…de hecho, parece como si no existiésemos para él, sólo cuando tiene que servirnos nuestras comidas; luego, cada uno con su vida. Si se puede llamar esto…vida.

-Rayo-

-¿Sí?-

-Deja de pensar-

Nos reímos los tres. Cómo se le ocurre pedirme eso…si yo no…

-Rayo-Incliné mi cabeza a un costado-¿Te lo repito?-

-Está bien, Está bien…- Dije con un tono resignado. Dejar de pensar… No sé a qué se refiere… ¿A qué se refiere?, ¿Será a esto?

Toffee se abalanzó hacia mí. En unos segundos yo estaba panza arriba y ella encima de mí teniendo como rehén en sus dientes mi incompleta oreja. Shiro miraba burlón la escena.

-Deja todos tus pensamientos al viento si no quieres que tu oreja sea reducida a mordiscos míos-Dijo de manera amenazadora. Juro que aguanté la risa. Digo, que intenté hacerlo, pero me parecía tan gracioso que estallé a carcajadas.

-Hey… ¿Por qué te ríes?-Me preguntó ofendida y algo avergonzada. Yo no puedo responderle: ¡A penas puedo respirar por la risa que me ataca! Hasta lagrimeaba.

-Rayo, dime; ya pues…deja de reírte y explícame-Me rogaba-Es que… ¿Habré dicho algo gracioso sin haberme dado cuenta?-Paró las orejas sorprendida de su descubrimiento.

Inmediatamente a eso movió su cola y curiosa insistió-¿Fue bueno mi chiste?- Ya podía respirar a bocanadas, pero la risa persistía-Dime dime dime dime-Ladró con euforia.

Shiro disfrutaba en su cómodo sitio arenoso. De vez en cuando cambiaba de posición pero no dejaba de mirarnos.

-Ojala que…esto dure para siempre-susurró. Toffee y yo nos miramos en silencio. Ella se acercó a su ya crecido cachorro y empezó a darle dulces lamidas en su rostro. Yo me quedé un rato así…mirando al cielo…lo veía más oscuro que de costumbre, pero siempre adornado por hermosísimas luces que parpadeaban.

-Nada dura para siempre…Shiro-Le dije sin despegar mi vista de arriba. No sé cómo habrá reaccionado él, pero escuché un gemido. Cuando volteé Toffee ya no estaba con nosotros: se había ido a lo más alto del terreno a aullar su dolor.

Shiro, con la cabeza gacha se acercó a mí y se acurrucó en uno de mis costados. Si no fuera porque sus ojos destilaban tristeza por las palabras que formulé, le hubiera gruñido pues no permitiría tal osadía. Pero la aguda culpabilidad que en esos momentos sentía hizo que me ablande y, como si éste fuese una motita, dejaba que estuviese conmigo; ser su refugio y en cierta forma, su paño de lágrimas.

Es como si esa noche hubiese matado algo de él. Quien sabe…tal vez parte de su ingenua alma…

Tarde o temprano él se daría cuenta. No obstante… ¿Eso me da derecho para hacerlo antes de tiempo? Sea cual sea la respuesta, yo ya era culpable y él ya estaba llorando.
SUE

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